por Gustavo Mac Lennan
Recuerdos de
familia
Mi primo
Norman
GMcL,
20/11/2012
El viernes 16 de
noviembre yo estaba en Perú, en Zorritos, muy al norte y muy lejos de Lima. Sin
teléfono, sin computadora, en una playa donde no había nadie humano, sólo
cientos de pequeños cangrejos colorados que huían cada vez que pisaba la arena
hacia un mar caliente, tropical. Venía de una semana (y unos meses) de mucho
trajín. Con mi pareja Cecilia decidimos huir de todo vestigio civilizado y
apuntamos desaparecer en cualquier playa por tres días; desenchufarnos de todo y
de todos. Pero en una de esas entró la Internet y vi el mail de Heidi Mac
Lennan, desde Francia: sólo decía: Norman. Sentí un golpe en pecho y un remezón
de la memoria. Norman es Norman Mac Lennan, mi primo hermano. Hacía más de 60
años que no nos veíamos. El tiempo se pasa volando y se nos va como la arena
entre los dedos. A veces demasiado rápido. Toda mi vida, desde muy chico, quise
ser como mi primo Norman. Él era más grande; yo tenía nueve años y Norman más de
veinticinco. En mi casa de Lanús, en ese espacio grande que era living, baño,
dormitorio y comedor todo junto, mi primo doblaba tubos fluorescentes de colores
que después brillaban en las puertas de negocios anunciando nombres y ofertas:
letras de neón, les llamaban. Y Norman era un artista creando y combinando
letras y formatos que al enchufarlos resplandecían como arte de magia. Norman
tenía pantalones largos y yo cortos. Mi primo llevaba una campera de cuero, como
los aviadores y hablaba de aventuras y horizontes lejanos. Era libre y alegre
como un libertario anarquista. Horas después del mail de Heidi una de sus hijas,
otra de ellas, Verónica, la radialista pampeana, colgó una foto de ella y su
padre en facebook y pude ver al Norman que yo había conocido sesenta años antes.
En la foto, Verónica debía tener mi edad, ocho o nueve añitos; ella es mi
sobrina y hemos hablado y chateado porque compartimos el periodismo como
profesión, aunque nunca nos hemos visto en persona. Verónica se parece mucho a
dos de mis hijos: Camila y Laureano. Camila vive en Lima, como yo. Laureano en
Barcelona. Los Mac Lennan somos así, vivimos desparramados por todas partes.
Como Heidi y su hermano Williams, también hijos de Norman, cocineros en Francia
y exiliados. Algo de eso sé porque yo también soy exiliado, no sólo de mi país
sino también de mi familia. A la que he reencontrado en Internet, como a
Verónica, a Laureano (así se llamó mi abuelo materno), a Heidi y Williams, a
Hugh que vive en Uruguay; igual que Baby y Harold y sus hijos e hijas como
Elisabet, y Roberto que se aloja en Brasil, o mi sobrino (que dice que es mi
primo) Guillermo Aragonés, hijo de Gloria y Agustín y que tuvo la osadía de
dirigirme en teatro para hacer algunas escenas de “Saverio el cruel” en Baires.
O Amelia Mac Lennan que no sé quién es, como Víctor que no sé tampoco donde vive
ni qué edad tiene; o ese otro Mac Lennan de nombre Daniel que vive en el Perú y
reside muy cerca, en Lurín y aun no nos hemos
visto.
Pero quiero volver a Norman, hermano de
Hugh y de Harold. Ellos vivían en la casa de mi tío Willy, hermano de mi padre
Gungui, en Lanús Oeste, en una hermosa casa en la calle 20 de Setiembre casi
Carlos Tejedor. Allí pasé algunos años nuevos aprendí a comer Gofio (un polvillo
ocre que se pegaba en los dientes y se compraba el paquetito por centavos en el
almacén) y hacer gaseosa volcando un sobrecito en un vaso de agua. Mi tío Willy
era un hombre alto y elegante; en su casa siempre hubo comidas ricas y
tragos fáciles. Los chicos jugábamos en el jardín con
pasto de adelante y los grandes adentro. Norman, del grupo de los
grandes, muchas veces salía al patio delantero para potrear con nosotros:
potrear, sí, a los gritos y a los saltos, porque eso éramos cuando nos
juntábamos: bandidos, indios, aviadores. Mis tíos eran, para mí, gente muy
grande. Y la mayoría de mis primos hermanos (salvo Hugh de mi misma edad) eran
también grandes. Pasa que mi padre Gungui fue el menor de sus hermanos y con
mucha diferencia entre Maggie, Yony y Willy. Como ven todos con nombres
británicos: casi me bautizan con dos de ellos: Me iban a llamar Donald Harold
Mac Lennan. Donald como mi abuelo que llegó de Escocia a fines del siglo XIX.
Pero en el Registro Civil sólo permitían Donaldo Haroldo y entonces me pusieron
Gustavo (nunca me explicaron por qué). A mi tío Yony le faltaban varios dientes.
Pero era muy divertido con todos los chicos; siempre traía caramelos en los
bolsillos y hacía chistes y muecas. La familia fue muy dura con él, y solía
dormir en el albergue del Ejército de Salvación de Plaza Once, a donde fui con
mi padre a buscarlo algunas veces. El tío Yony ayudó a mi padre a pintar la casa
de Aristóbulo del Valle 508, cuando era el local de una antigua carnicería. En
Lanús Este vivían sus hijos Juan y Jorge.
Venía temprano en la mañana, nos hacíamos
unos gorros de papel y empezábamos a pintar mientras nos contaba fabulosas
historias de viajes y aventuras, balbuceadas con sus pocos dientes y un enorme
corazón contento. Los chicos nos reuníamos alrededor suyo a escucharlo
fascinados. Y Norman, mi primo hermano, tenía mucho de eso. Ahora
que Verónica puso su foto en facebook, me hizo imaginarme a Severino Di
Giovanni, rubio, de ojos claros, poeta y anarquista, libertario hasta los
huesos. Tal vez de él, de Norman, heredé imaginarme cientos de escenarios
distintos y personajes que he interpretado en mis 54 años de actor. Porque eso
soy –un actor− que trata de ejercitar su memoria y capacidad de juego cada
mañana. Decía en su sentido recuerdo Verónica, que su padre, Norman, un día de
paseo levantó una pluma del suelo y se la dio diciéndole que era una pluma
mágica. Y Norman tenía razón. Todo lo que tocaba se
Transformaba en otra cosa. Hablé con él
por teléfono hace algunos años y le prometí ir a verlo a Santa Rosa, La Pampa.
No pude hacerlo. Y hace pocos días atrás recibí un mail de su hija Heidi que
decía “Norman”. Unos allí, lejos, en Europa. Otros allá, también lejos, en la
provincia más rica de la Argentina. En la República Oriental de enfrente, pero
en el corazón de muchos, cada vez que nos asalte un sueño, un más allá, un por
qué no, un sí se puede, una rebeldía, por lo menos a mí, se me seguirá
apareciendo la imagen de ese muchachón de pelos volados, mirada de lince, gestos
amplios y decir generoso. Ése de quién dije cuando yo tenía ocho o nueve años:
quiero ser cómo él cuando sea grande. Como mi primo hermano. Como Norman.
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire